
Cuando compramos nuestro gatito persa hace quince años lo llamamos Alboroto, que quiere decir “alegría” en árabe andalusí.
Hoy, Alboroto ha envejecido y cojea de las patas delanteras. Para ayudarlo a caminar sin resbalar por nuestra casa de pisos de madera, decidimos comprar una alfombra para la sala. Vamos a la tienda de Omid Soltani, y la visita me recuerda las alfombras de la casa de mi infancia.
Crecí durante los violentos y turbulentos años setenta en Puerto Rico. Tiempos muy parecidos a los de hoy. Pero mi casa en la Calle Marbella era un oasis, en parte debido a la colección de arte de Mami, que me transportaba a mundos alternativos. Uno de estos objetos mágicos era una alfombra de Isfahan. Era un jardín imaginario donde tigres devoraban alces mientras cantaban las aves del paraíso. Mis padres la habían comprado en su viaje de luna de miel. Yo la veía todos los días porque servía de base a la mesa del comedor.
Mientras Omid nos habla de su vida en Irán, antes de la revolución, y nos describe las virtudes de sus alfombras, me recuerda al vendedor de alfombras de Bischangar en Las mil y una noches. De niño, el cuento del “Príncipe Ahmed y el hada Paribanú” era uno de mis favoritos porque su alfombra mágica transportaba a su dueño a donde quiera que deseara, en un abrir y cerrar de ojos.
“Y ningún obstáculo es capaz de detenerla en su marcha, porque ante ella se aleja la tempestad, huye la tormenta, se entreabren las montañas y las murallas, y por lo mismo, resultan inútiles y vanos los candados más sólidos.”
Le compramos la alfombra a Omid, y la instalamos en la sala de la casa. Su laberinto de flores y enredaderas rojas, azules y negras son como los jardines de la alfombra de mi niñez. Alboroto camina sobre ella sin resbalar, mientras vemos las noticias de asesinatos y luchas políticas que amenazan con dividir el país en una guerra civil.
En Las mil y una noches, la alfombra mágica transporta a los príncipes justo a tiempo para salvar a la Princesa Nurennahar, quien gracias a una manzana mágica se recupera de una enfermedad fatal. La alfombra es una metáfora para la imaginación de Sheherezade, que se salva de una muerte segura a manos del rey Shahrayar gracias a sus cuentos.
En casa, veo el efecto de la alfombra en Alboroto. Le devuelve la alegría y vuela con su hermano, “Señor Flan.” Pienso en el efecto del arte y la literatura en nosotros. Acaso, los cuentos de nunca acabar de Sheherezade, sirven para desviarnos del camino hacia nuestro inevitable fin. Hoy hacen más falta que nunca esos desvíos imaginarios.
Al final del día, llamo a mi amigo iraní, Mitch Naficy. Le hago el cuento y le mando una foto de la alfombra con Alboroto volando encima. Mitch nos felicita por la compra, “Mobarak!” Antes de colgar me aclara que la palabra quiere decir “alegría” en farsi.
4 responses to “Alboroto y la alfombra mágica”
Me encantó. Recuerdo las muchas veces que estuve en tu casa y el ambiente artístico que tanto me complacía. Mejores tiempos, querido Beni, tiempos menos crueles.
Un abrazo, Francis
¡Lindo cuento que estimula la memoria de me infancia en Irán y moviliza mucho sentimiento de mi fallecido padre, a quien tanto yo quería y sigo queriendo!
Desde temprana edad, siempre he vivido rodeado de alfombras persas. Traen color, calor y arte proveniente de un imperio que tiene más de 2,500 años de historia.
Me alegro que Alboroto y el Señor Flan puedan disfrutar del colorido ambiente que también le facilita el caminar.
Gracias por haberme incluido en tu cuento.
¡Mobarak!
Benigno, that was really grand and I could identify with it easily as my grandmother had such a rug and in fact, I inherited it. Great name for your dog too. Cheers! Sue
Saludos Beni:
Me encantó este escrito. ¡Cuántos recuerdos de la casa en la Calle Marbella! De hecho, la última vez que estuve allí fui invitado por tu mamá (Rosario, qepd) para coordinar la presentación de su poemario ‘Las dos Venecias’.
¡Qué mucho ha llovido, ah! Pero la admiración y el cariño persisten.
Un fuerte abrazo.