
Acabo de terminar de leerme el libro de ensayos de Luis Rafael Sánchez, Piel sospechosa, publicado este año. El título remite a uno de sus capítulos, donde Sánchez medita sobre la influencia que tuvo en él la lectura del famoso libro de James Baldwin, La próxima vez el fuego (1964).
“Destaca entre los libros con los cuales sigo aprendiendo a conocerme el titulado La próxima vez el fuego … Aprendiendo a conocerme y aprendiendo a conocer el mundo mixturado del cual vengo. La lectura … me transformó,” escribe.
En su libro, Sánchez explora la nefasta línea del corte racial (the color line), y desde ese lugar desamparado, trata de sacar algo esperanzador. Sánchez viaja a la tierra de nadie que el intelectual de Harlem describe con elocuencia.
“La única forma en que [el hombre blanco] puede liberarse del poder tiránico del Negro es si consiente en volverse Negro él también, en volverse parte de esa tierra de baile y sufrimiento que contempla con cierta nostalgia desde la altura de su poder solitario, armado con Cheques de Viajero espirituales…”
Sánchez termina su recorrido por esa tierra de nadie con una visita al pasado, al día que conoció a Baldwin y se tomaron unas copas juntos, en Chelsea en Manhattan.
El ensayo me recordó mis viajes por esas tierras de nadie.
Después de graduarme de escuela superior en Puerto Rico, fui a estudiar a un pequeño college que forma parte de un consorcio en el medio del estado de Massachusetts. Da la casualidad que coincidí allí con Baldwin, quien dio cátedra como profesor de literatura del consorcio, durante los últimos tres años de su vida. Nunca lo conocí, ni tomé clases con él. Pero, recién llegado de Puerto Rico, vi la tierra de nadie que Baldwin había descrito en su famoso libro.
En mi universidad, había una fraternidad Negra y muchas fraternidades blancas. En la única cafetería, había una mesa de estudiantes Negros, y muchas mesas de estudiantes blancos. Y aunque había muy pocos puertorriqueños, había una organización de estudiantes de Hartford, CT y otra de estudiantes de la Isla. Viajaba por aquella tierra trepidando inconscientemente. Baldwin dio un discurso el día que me gradué. No me sorprende que no recuerdo lo que dijo.
Muchos años después volví a esa tierra de nadie. Kelly, mi esposa, y yo desayunamos con mi abuelo en el fastuoso hotel Park Lane de Nueva York, con vista al Parque Central. Leona Helmsley, la dueña, vivía en el penthouse con su famoso perrito maltés, Trouble, y bajó a desayunar. Se sentó en la mesa de al lado, y mi abuelo se levantó, se presentó y le dio los buenos días. Doña Helmsley murmulló algo y se sentó aparte, molesta.
De pronto la oí, y pensé que me hablaba.
Me volví y le dije con acento, “Perdone ud, ¿en qué puedo servirla?”
Doña Helmsley me miró con furia.
“¡No te hablaba a ti,” me espetó, “le hablaba a mi perro!”