
Despierto en casa y estoy confuso. Hago memoria. ¿Hice ayer el viaje a Georgia? Diez horas ida y vuelta, para visitar a Evy Lucío Córdova.
Evy va a tener 92 años. Hace sesenta, fundó el Coro de Niños de San Juan que hoy es reconocido como Patrimonio cultural, histórico y social de Puerto Rico. Su Coro ha cantado frente al presidente Reagan, en Carnegie Hall, en el Royal Albert Hall, y en el Wiener Musikverein. Evy ha escrito más de 50 canciones para niños, además de ser la autora del libro Music Methods for Children’s Choirs (1988).
Cuando llego a la residencia, Evy me reconoce (aunque no la he visto hace más de 40 años) y me da un fuerte abrazo. Fui soprano en el Coro a los siete años. Viajé con ella a Nueva York y a Bogotá en sus primeras giras internacionales. Fue el mejor momento de mi vida.
Evy se ve muy bien. Su pelo negro es ahora blanco. Lleva un pintalabios rojo. Nos tomamos una foto frente a la fuente del vestíbulo. La cafetería está cerrada y Evy me lleva de la mano a su habitación. Me dice que la residencia había sido antes un huerto de manzanas. Apunta por la ventana unos arbustos. “Serán hortensias,” me dice. Y me las imagino blancas y azules.
Su nombre está grabado en una placa en la puerta, pasamos a su habitación. Es una recámara con ventanas que dan al jardín. El sol entra brillante. Las paredes están cubiertas de cuadros. Algunos con imágenes religiosas. Otras son acuarelas pintadas por ella. En una hay un jardín nevado, en otra un pájaro azul.
Evy se sienta y yo me acomodo en una silla frente a ella. Hablamos, y me dice que le gusta escribir. Es algo que tenemos en común. Le pido que me lea algo. Busca entre sus libros y saca un manuscrito. “Es un libro de cuentos oceánicos,” me dice. El protagonista es una tortuga. Me lee otro sobre una mosquita de ojos verdes que le hace compañía, “Esmeralda”. Y un poema sobre un gato vanidoso que se riza los bigotes y da tumbos confundido.
Es viernes de Cuaresma y Evy está en ayunas, pero me calienta una sopa de pollo aromática a ajo. Se sienta conmigo, y le pregunto sobre la estatuilla de un conejo elegante. “Es Uncle Wiggly,” me dice contenta. “Ven.” Me lleva a la cocina y en la pequeña despensa me enseña sus libros más preciados: una tercera edición de Mary Poppins, y otro de la famosa serie de Howard R. Garis.
Antes de irme me regala sus Cuentos para seguir contando (2006). Nos volvemos a abrazar y me dice, “Estaremos en contacto.”
Ahora, busco su libro para confirmar que mi viaje no fue un sueño. Lo encuentro y lo leo. Es un rosario de cuentos de nunca acabar donde palomas, búhos, y seres fantásticos llevan a un niño, como era yo, a visitar el país de las maravillas.
One response to “Evy en el país de las maravillas”
!Maravilloso, Benigo! Gracias por mandarmelo