Como todos los años, mi esposa y yo viajamos en RV de Tennessee a Idaho con nuestros tres gatos, Mischief, Mayhem, y Mr. Flan. Al tercer día, hemos agotado nuestro repertorio de books on tape, musicals, salsa y jazz. Cruzamos el estado de Dakota del Sur de Este a Oeste, a 85 millas por hora, en medio de una sopa de humo que viene de los 150 fuegos del Canadá. Kelly está al volante y me pregunta si quiero poner algo en el cd player. Saco mi i-phone y pongo “American Pie.”
Canto a viva voz, “Do you believe in rock-and-roll? Can music save your mortal soul?” Kelly se me queda mirando, perpleja. Chequea la pantalla del radio, y me pregunta “¿dónde aprendiste la letra de la canción de Don McLean?”
Le contesto que en el Colegio San Ignacio, el corillo más cool se reunía en el parking. Yo gravitaba alrededor de ellos, al margen de su centro contracultural formado por un conjunto de cuatro amigos entrañables: un jugador estrella, un nerdo superdotado, un americano anarquista, y un poeta músico. Cada cual más desilusionado que el otro.
Corrían los años cuando el invencible Muhammad Alí perdió el título mundial de boxeo, cuando el reactor nuclear de Three Mile Island explotó, y cuando la revolución Nicaragüense depuso al dictador pro-americano, Somoza. El tsunami de los sesentas había venido a morir en las arenas rocosas de los setentas. El resto de los activistas deambulaba por las calles como falsos profetas en el desierto. Parecía otro Apocalipsis.
Éramos adolescentes y necesitábamos creer en algo. Fue entonces que nuestro poeta músico, Rafael, el núcleo del átomo del corillo del parking, cerró sus ojos azules, se puso sus gafas Ray Ban Aviator, sacó su guitarra, sacudió su melena de pelo rizo, y cantó, “So bye bye Miss American Pie, drove the Chevy to the levy but the levy was dry.” Su voz era dulce y áspera a la vez. Un cruce ominoso de Van Morrison y Art Garfunkel. Lo escuchamos como quien oye la trompeta de un arcángel.
Yo y mis amigos habíamos perdido la fe en los deportes, en la ciencia, y en el gobierno norteamericano. Como Mami me decía, no creíamos ni en la luz eléctrica. Pero gracias al corillo del parking y a nuestro músico poeta teníamos fe en el Rock.
Cuando el i-phone terminó de tocar la canción de McLean, y yo terminé de hacerle el cuento a Kelly, estaba rejuvenecido. Tenía energías para las últimas cien millas del camino. “American Pie” había obrado su milagro. Le pregunto a Kelly qué quiere oír después. “The Pretenders,” me contesta. La miro con curiosidad. Me sostiene la mirada y me dice, con una sonrisa en sus labios, “el título de la canción es ‘Stop Your Sobbing.’”

4 responses to “American Pie”
Esa cancion..estoy recien divorciado del grupo avanzado de NDHS y ahora disfruto con los otros que no son del grupo A. Estoy en la finca de los Cartagena en la salida para Aguas Buenas. Parte del grupo de mi clase está en la piscina que queda en una loma a lo lejos y nosotros estamos en un lugar árido por donde las vacas que llevan a ordeñar no dejan crecer el pasto. Clásico calor de Puerto Rico, el área desértica de fango colorao y a lo lejos en el party de piscina se oye “So bye bye miss American Pie, drove my Chevy to the levee but the levee was dry”.
Que gratos recuerdos.
Y ahora cantamos “This’ll be the day that I die”
This will be the day that I die”
Gracias Beni
Profesor, qué ensayo más precioso, ¿recuerda el libro que escribí sobre mi papá? Uno de los capítulos se titula “American Pie”. Gracias por este blog. Me encantó.
Me esperaba la reacción de Kelly, sumamente calculada y a todo vapor en contra del viento.
Me pregunto que ‘role’ tenias tu en el corillo? Se conoce que los círculos de amistad son completos y balanceados una vez cumplan con las siete personalidades personificada en el cuento de hadas Grimm, ‘Blancanieves y los Siete Enanos’.
¡Qué linda memoria! Me fascina esta mezcla de memorias (del viaje en el carro, la música de tu juventud, la reacción de tu esposa, esta interculturalidad). Benny, encontré tu blog, y probablemente no me recuerdas, pero estuvimos juntos en un curso de literatura puertorriqueña en Yale, hace más de treinta años. Gracias por reciprocar con inscribirte al mío, “deslumbrar.”