
Después de cargar con cajas de mis libros de universidad en universidad por más de treinta años, empiezo a regalarlos a mis estudiantes. Sé que hay algunos que me costará mucho dejar ir. Entre ellos está un ejemplar del libro de Gabriel García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande. Me costará regalarlo porque tiene una historia curiosa.
El libro está firmado por Carter Wheelock en la contra tapa. Había sido parte de la colección de quien fuera mi colega en la Universidad de Tejas en Austin, durante mi primer trabajo. Hacía dos años había llegado lleno de ilusión al mundo académico. El doctor Wheelock, especialista en Jorge Luis Borges, se jubilaba dos años después. Su oficina estaba al lado de la mía. Cuando pasé frente a su puerta me invitó a entrar y a escoger cualquier libro que quisiera. “Estoy desmantelando mi biblioteca,” me dijo. Escogí el libro de García Márquez para no hacerle un feo, pero lo hice con vergüenza porque me ofendía verlo regalar los libros de su biblioteca.
Años más tarde supe que Carter Wheelock y Borges se habían conocido en Texas, y que el scholar americano había sido el modelo para el personaje de Ezra Winthrop, el profesor ecuánime de “El soborno.” En ese cuento, libros rebuscados hacen su aparición en los anaqueles de su oficina: una edición de la gesta de Beowulf, otra de una batalla entre daneses y frisios, un libro sobre los tropos sajones, una edición crítica de una balada entre anglosajones y vikingos, y la primera edición de un texto nórdico antiguo.
El cuento es sobre un soborno que se esconde detrás de esos pesados libros. Un colega engatusa al profesor Winthrop. Escribe deliberadamente un artículo donde lo ataca, y de esa manera apela a su vanidad. Lo tienta con la ilusión de su ecuanimidad, y lo hace actuar en contra de sus propios principios. Winthrop escoge al joven insolente para un premio por encima de otra persona más capacitada, para convencerse de que es fairminded.
Los libros del cuento son un red herring. Como la escritura del joven tramposo, desvían la atención del lector. Distraen del verdadero sentido del cuento que es una crítica a la mezquindad del mundo académico y su escritura. Pero también es una crítica de la vanidad detrás de nuestras bibliotecas privadas. Nos creemos superiores simplemente por leer y escribir. Cargamos con ese peso a pesar del daño que nos causa. Y a veces en contra de nuestros deberes y obligaciones.
Tal vez por eso Mami siempre cargó con furia sus libros de Puerto Rico a Méjico, a Washington, y de regreso a su casa en Puerto Rico. ¿Intuía lo que estaba detrás de su escritura? Su coraje me llevó a prometerme que yo nunca cargaría con una biblioteca, y ahora me veo frente a los anaqueles de mis libros. El día que regale Los funerales de la Mamá Grande, me sacaré ese peso de encima.
One response to “El peso de mis libros”
Excelente