
La semana que viene doy una clase sobre “La brevedad de la vida,” un ensayo del filósofo estoico Séneca, uno de los escritores favoritos de mi abuelo, Luis A. Ferré, a quien le gustaba hablarnos bajito, y decirnos con calma, “La razón no grita, la razón convence.”
Séneca escribe el ensayo para un familiar que trabajaba demasiado, y se quejaba de que la vida era corta. Séneca le dice que la vida es suficientemente larga, pero hay que saber usar el tiempo que tenemos para aceptar la condición humana. El estudio profundo de los grandes misterios alarga la vida y nos ayuda a confrontar la muerte con calma, le dice.
Séneca fue acusado de traidor y condenado por el emperador Nerón a morir por su propia mano.
“La muerte de Séneca” era uno de mis cuadros favoritos de la colección que reunió mi abuelo en el Museo de Arte de Ponce. Es un cuadro barroco de un pintor manierista llamado Luca Giordano donde Séneca aparece frágil, casi desnudo, decrépito, desangrándose, con un pie en una palangana de plata llena de agua sangrienta.
La calma de Séneca se opone a los cuerpos retorcidos y las caras preocupadas de sus alumnos, que se acercan para oír los últimos murmullos de su maestro. La diferencia entre el cuadro y la filosofía estoica de Séneca no podría ser mayor. Los alumnos muestran el horror a la muerte que Séneca contradice.
Visitábamos el museo con Mami y con mi abuelo regularmente. Tenía siete u ocho años, y eran visitas largas y aburridas para mí, porque había que estar callado y estaba prohibido correr por las galerías del mausoleo. Pero siempre anticipaba ver algunos cuadros que me horrorizaban. “La muerte de Séneca” era uno de ellos.
Mi abuelo me explicaba lo que pasaba en el cuadro. Enfatizaba la calma con que Séneca confrontaba la muerte, y la injusticia de su condena. Pero yo veía con el espanto y la fascinación de un niño aquella momia susurrante, escuálida y vieja. No podía quitarle los ojos de encima.
El museo tenía (y tiene todavía) muchos cuadros barrocos europeos que muestran el mismo horror fascinante ante la muerte. “La tortura de Ixión” de Giovanni Langetti, “La tentación de San Antonio” de David Teniers, “Judith con la cabeza de Holofernes” de Lucas Cranach eran, junto a “La muerte de Séneca,” mis favoritos. Todos producían en mí el mismo efecto ominoso que estaba muy lejos del estoicismo y la calma que mi abuelo predicaba.
Al final de su vida, el museo fue la gran distracción de mi abuelo. Entre los últimos cuadros que compró hay un “Cristo crucificado” de Francisco de Zurbarán, que podría llamarse “Cristo espantado,” por la expresión de sus ojos. La colección no preparó a mi abuelo para la muerte. Murió a los 99 años, lamentándose que la vida había sido demasiado corta. Si mis estudiantes me preguntan si Séneca confrontó su muerte con estoicismo, les haré el cuento de mi abuelo.
One response to “Séneca y mi abuelo”
99 por el lado Ferrer, 100 por la parte Trigo. Maravillosa genética para hacer grandes cosas en la vida. 😉